Preludio
A mediados del siglo XXI, las democracias y organizaciones internacionales fracasaron en prevenir la devastadora Tercera Guerra Mundial; una vez más surgieron las monarquías. En este renacimiento imperial, donde reinos e imperios se extienden en gran parte del territorio, las repúblicas y democracias se acercan a la extinción. En este nuevo mundo, las nuevas tecnologías se mezclan con técnicas tradicionales y la gran guerra es librada con pólvora y acero.
Ahora, en el año 2058, a finales de la guerra euro-soviética, Sigurd, hijo menor de la casa Ornstein de Stuttgart, es sometido a brutales experimentos tras haber sido secuestrado por el infame grupo terrorista Gran Russ. Su poderosa familia lucha por encontrarlo y recuperarlo, sin saber que el Gobierno neosoviético, enemigos del Gran Russ, tienen planes similares para el joven lobo.

Capítulo I
Estado del proyecto
12 de abril del 2058
Este informe está destinado a comunicar al directivo acerca de la condición actual de los distintos proyectos.
Camaradas, hemos realizado las pruebas según lo planeado y he de informar que, pese a que los resultados no son del todo decepcionantes, tampoco han logrado cumplir la cuota esperada. En los cuatro años que han transcurrido desde que los proyectos Mirmidon, Pacificador, Illustrious, Carcharodon, Venator, Strigoi, Galatea y Oculus fueron puestos en marcha, de los más de 2000 sujetos iniciales que conformaban el último lote adquirido, tan solo 13 han logrado sobrevivir a los primeros experimentos y aun así ninguno de estos dan señales de ser los sujetos óptimos para obtener los resultados que busca nuestra gloriosa causa.
Dicho esto, recomiendo que en vista al fracaso que significó la toma de Nueva Novgorod, el constante avance de las fuerzas germánicas, el aumento en la actividad de Mechamunculi por la guerra y el poco progreso logrado en los experimentos, el directivo debería tomar en consideración la opción de desechar a los sujetos actuales lo antes posible, con tal de salvar y aprovechar el material orgánico restante, de manera que se pueda reiniciar el proyecto en algún futuro, y con un nuevo lote de sujetos de mayor edad, con lo que podremos asegurar una mayor probabilidad de éxito y evitar que el futuro de la revolución sea comprometido.
Gloria al Gran Russ
Camarada doctor Stern
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Informe de sujeto
5 de agosto de 2058
Este informe detalla los progresos en las últimas pruebas con el sujeto “V-8”.
Se informa al directivo que tanto la implantación del corazón secundario como la del tercer pulmón en el sujeto se realizaron exitosamente. Acorde a los procedimientos establecidos, la cirugía se realizó manteniendo al sujeto consciente para determinar hasta qué punto podía llegar su resistencia y tolerancia al dolor, aunque he de destacar que las constantes sacudidas y convulsiones resultaron ser una verdadera molestia en el transcurso de la cirugía.
Actualmente, el sujeto ha sido llevado de vuelta a su celda y se encuentra bajo observación con tal de registrar si su organismo es capaz de adaptarse a los nuevos órganos implantados.
Como observación adicional no puedo entender el interés que la doctora Greylin parece tener por este sujeto en particular, no solo da un seguimiento más intensivo a los experimentos realizados en este, llegando a realizarlos personalmente, sino que incluso pareció mostrar cierta preocupación cuando se enteró de que mi compañero, el doctor Harrey, le había dado una patada después de la cirugía. Esta me echó de su oficina de inmediato y mandó a llamar a mi compañero. Aunque parecía estar serena, no tuve duda alguna de que estaba furiosa, algo impropio de ella.
No puedo evitar preguntarme qué es lo que la doctora ve en este sujeto en particular. Por no mencionar el gran parecido que hay entre ambos.
Doctor William
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En un largo y oscuro pasillo de frías paredes de concreto gris, tras una gran puerta de acero había una pequeña celda de cuatro paredes que no superaba los dos por dos metros. No tenía adornos o muebles, ni siquiera una cama o un colchón, y carecía de todo tipo de iluminación que no viniera de la pequeña hendidura en la puerta que apenas dejaba que ingresara el aire. Aquella celda estaba sucia, fría, manchada de sangre, pero no vacía.
Sobre el frío suelo de acero gris, apenas iluminado por la escasa luz que se filtraba por la hendidura de la puerta, reposaba un niño de no más de ocho años, vestido con nada más que una bata blanca de paciente, manchada de sangre y suciedad. Estaba acostado sobre su lado izquierdo, temblando agitadamente al ser sacudido por espasmos, mientras luchaba por respirar con desesperación.
—No…no más —dijo a duras penas, con voz temblorosa—. P… por favor… ya no más… —Se retorció en medio de un espasmo—. Me duele… duele mucho.
Trató de colocarse en posición fetal, pero un dolor punzante lo obligó a enderezar el torso mientras dejaba salir un leve y ahogado quejido de dolor; no le quedaban fuerzas para gritar o siquiera llorar. Se sacudió y quedó boca arriba, la bata se le desató por el lado izquierdo revelando parte de su torso, estaba desnutrido, con la piel prácticamente pegada al hueso como un cadáver al que se le ha drenado la sangre; tenía tatuado el código «V-8» en su delgado cuello, pero eso no era lo más aterrador, no, sus ojos solo eran capaces de mirar con horror la infinidad de cicatrices que plagaban su torso, la más grande, una costura, resultado de una operación hecha hace menos de una hora. La recordaba bien… así como las otras operaciones. Siempre era lo mismo: los hombres de blanco lo sacaban a rastras de la celda, lo llevaban a una sala en la que lo amarraban con gruesas correas de cuero y hacían todo tipo de cosas con él. A veces solo le inyectaban extraños líquidos que le provocaban desde alucinaciones hasta náuseas; otras veces eran laceraciones y cortes, pero las peores eran las cirugías en las que abrían partes del cuerpo para cortar, sacar y poner cosas. La última vez lo abrieron de arriba a abajo y le colocaron un pulmón y un corazón adicional.

Aun recordaba cuando abrieron su piel y carne, cuando rompieron sus huesos y los separaron, luego lo habían llevado de nuevo a su celda, donde uno de los hombres lo metió de una patada, haciendo que la costura se abriera un poco y empezase a palpitar. El dolor era casi insoportable y la sensación de sentir la sangre secándose sobre la piel y el escaso aire filtrándose por la herida a medio abrir resultaban desagradables, pero esa sensación era insignificante en comparación a la que le producían sus nuevos órganos, sentía cómo el nuevo corazón golpeaba el original con cada latido, causando que ligeros hilos de sangre se filtraran de entre las costuras; lo mismo sucedía con el nuevo pulmón, la más mínima respiración o intento de tomar aire provocaba que sus pulmones chocasen y se apretaran contra la caja torácica.
—¿Por qué? —preguntó, casi esperando que alguien le fuese a responder— ¿Por qué nos hacen esto?
La única respuesta que recibió fueron algunos quejidos y uno que otro llanto lejano, proveniente de los demás niños encerrados en las otras celdas del pasillo. Recordaba que en un principio solía haber más, muchos más, y como uno a uno, cada uno de ellos fue muriendo; no había día en el que no escuchase el ruido de más de un cuerpo siendo arrastrado. Recordaba a algunos de los chicos: un muchacho alto y de mirada amargada. Las pocas veces que los dejaban en grupo solía dedicarse a molestar al resto; una chica de cabello plateado con una gran sonrisa y de gran sentido del humor, cuya celda estaba junto a la suya… siempre trataba de mantener animado al resto, inclusive cuando los hombres de blanco no estaban solía hablar, ya sea de la vida en Ravena o de su familia. A veces él también le hablaba, más que nada de sus hermanos; pero, desde hacía un tiempo, las pocas veces que la escuchaba era cuando lloraba o se quejaba. Hacía mucho desde la última vez que había visto a los otros y tan solo recordaba algunos nombres: Argus, Sofía, Bremhild, Ulrika, Giorgios, pero especialmente, recordaba el nombre de una persona.
—N… Nieva…. —dijo ya apenas con fuerzas, sintiendo cómo su conciencia se hallaba cada vez más y más cerca a desplomarse, producto del agotamiento, el dolor y la pérdida de sangre—. Mi… hermanita… por favor… por… favor … devuélvanme a… mi hermanita. —Su voz perdió toda fuerza y su visión se tiñó de negro.
***
La conciencia del muchacho divagaba sin rumbo, no tenía noción de cuánto había pasado desde que se desmayó. El estar inconsciente era uno de los pocos momentos que podía considerar gratificantes, pues no había dolor, no tenía que sentir las laceraciones de su cuerpo ni tenía que tolerar la asfixiante sensación de sus órganos adicionales. El muchacho, más de una vez, deseó poder quedarse así para siempre, flotando sin rumbo para nunca despertar; sin embargo, siempre había algo que lo empujaba a abandonar aquel estado de paz y aferrarse al dolor, como en anteriores ocasiones la mente del muchacho, más cerca del colapso que nunca, se aferraba al recuerdo de su hermana pequeña, el recuerdo de la vida que tenían y el cómo acabaron en aquel infierno.
La noche en la que los trajeron, Nieva y él estaban jugando en la sala de su mansión. Su padre se hallaba fuera; este, pese a ser alguien amoroso, constantemente se hallaba ocupado con su trabajo en el Gobierno y en los asuntos familiares junto a su tía. Pasaron años desde la última vez que vio a su madre, tan solo sabía que se hallaba trabajando en otro país. La mayor de sus hermanas dirigía una compañía de comercio marítimo que la mantenía viajando constantemente, su hermano mayor se hallaba sirviendo en el ejército y su otra hermana estudiaba lejos de casa, cosa que le entristecía debido a la cercanía que tuvo con ellos, en especial con la mayor.
Recordó entonces como, de un momento a otro, alguien lanzó unos objetos negros con forma de cilindro por la ventana, haciéndola pedazos; recordó cómo antes de siquiera reaccionar, los objetos estallaron en una nube de gas espeso que nubló su vista. Sintió su cuerpo pesado, el mundo le daba vueltas y, cuando se dio cuenta, ya estaba en el suelo; fue entonces cuando la puerta se abrió y extrañas figuras vestidas de blanco entraron, los extraños intercambiaron entre ellos palabras que no fue capaz de entender. Intentó arrastrarse hacia Nieva, pero el cuerpo no le respondió. Vio cómo uno de los hombres se acercó y tomó a su hermana mientras otro fue por él. Su visión se tornó más y más borrosa, sentía cómo le pesaban los párpados. El sujeto lo miró por unos segundos a través de la visera de su traje, se agachó y estiró los brazos hasta él; y entonces, todo se volvió negro.
Sintió algo duro y frío contra su espalda, como si estuviese acostado sobre piedra. Al abrir los ojos, vio que estaba en una amplia cámara cuadrada, tanto los muros como el suelo eran de acero gris liso, había un total de cuatro puertas de color gris pálido, una por cada lado de la cámara. Al respirar podía sentir el aire, frío e impregnado con un extraño olor a medicamentos. Nieva estaba a su lado, aferrada a él mientras temblaba y sollozaba de miedo. Se dio cuenta de que no estaba solo, junto a ellos, en aquella sala, había un gran número de niños, miles de ellos. A todos los habían vestido con nada más que una extraña bata blanca; en sus caras se podía ver con claridad la confusión, el miedo y pánico; algunos miraban de lado a lado, otros lloraban a todo pulmón, otros respiraban de forma agitada o se tumbaban en el suelo, presos de la angustia. Recordó entonces lo que había pasado, los objetos cilíndricos, el gas y los hombres de blanco.
Sintió cómo el pánico se empezaba a apoderar de él. ¿Dónde se encontraban?, ¿qué querían hacerles? Pensó en su padre, en sus hermanos, deseando y suplicando que alguno de ellos llegase para salvarlos.
—Tengo miedo… —Nieva rompió a llorar mientras se aferraba con más fuerza a él—. Quiero ir a casa, quiero ir a casa, quiero irme a casa, Sigurd.
—Tranquila. —Sigurd abrazó a su hermana con fuerza, tratando de ocultar lo mejor posible su miedo—. No llores Nieva, no llores. —Apoyó su mano sobre la cabeza de su hermana pequeña y la sostuvo contra su hombro para que no viese las lágrimas que ya resbalaban por su rostro—. Todo estará bien… te prometo que todo estará bien. —Aumentó la fuerza de su agarre—. Te protegeré. Tu hermano mayor no dejará que nada te pase, te lo prometo.
Entonces, un fuerte sonido, como una explosión, hizo que abriera los ojos de par en par. Seguía en su celda, pero Nieva no estaba… el cuerpo no paraba de dolerle, y sentía cómo sus órganos se apretaban dentro de su torso. Miró de un lado a otro una vez más, pero Nieva no estaba.
Escuchó una segunda explosión; esta vez más fuerte y aún más cerca. También escuchó cómo los niños en las otras celdas gritaban desesperados. Sonaron disparos y explosiones. ¿Qué podría estar pasando? Sigurd intentó ponerse de pie, pero sus piernas no le respondieron y se desplomó. Sintió que el aire le faltaba; sus pulmones se apretaron entre sí asfixiándolo; sus corazones se golpeaban el uno contra el otro provocándole un dolor agudo y punzante, como si le fuese a dar un infarto.
Entonces, la puerta de su celda se abrió. Sigurd levantó la mirada, pero se vio forzado a cerrar los ojos ante la luz proveniente del pasillo. Al volver a abrirlos, vio una silueta de pie, delante de él.
Era una mujer de unos veinticuatro años, de piel pálida, más alta que la mayoría de mujeres; tenía el cabello largo y liso, plateado, con una trenza que rodeaba la parte trasera de su cabeza; ojos morados y brillantes, con la pupila rodeada por cuatro líneas que formaban casi una cruz en la iris, posiblemente se trataba de implantes biónicos. Llevaba una especie de máscara gris y negra que cubría su mandíbula inferior y su nariz; sus relieves se asemejaban a los colmillos de un lobo. Vestía una especie de abrigo ajustado con un patrón de camuflaje para nieve, sobre el cual llevaba un arnés del que colgaban diferentes estuches con cargadores. Llevaba puestos unos pantalones de color negro, ajustados con placas blindadas, atadas a altura de los muslos, rodilleras, grebas y botas militares, todas las piezas eran del color de la medianoche. Entre las manos enguantadas en blindaje llevaba un rifle de asalto.
La mujer se llevó la mano a la oreja, dijo algunas palabras en ruso, tras lo cual empezó a caminar hacia él mientras se echaba el rifle a la espalda. Su mirada se mantuvo fija, casi como si lo estuviera analizando. Sigurd mantuvo el contacto visual y observó desde el suelo cómo aquella desconocida se acercaba a paso lento. Quiso suplicar, pedir que no lo lastimara, alejarse, pero a su cuerpo ya no le quedaban fuerzas y no era capaz siquiera de moverse.
—Tranquilo, pequeñín —dijo la mujer en perfecto alemán; su voz era suave y tranquilizadora, casi hipnótica; no paraba de acercarse—. No hay nada que temer. —Se arrodilló delante de Sigurd con sus brillantes ojos fijos en los del niño, llevó su mano hacia su máscara y dejó al descubierto una amplia sonrisa—. Soy parte de las fuerzas especiales del MDNS, y hemos venido a rescatarlos. —Extendió una mano hacia Sigurd—. Te llevaremos a un lugar seguro.
A Sigurd no le quedaban fuerzas ni para expresar algún tipo de emoción, aun así su respiración se agitó mientras estiraba su mano hacia su misteriosa salvadora; a duras penas pudo soportar el renovado dolor y la sensación de asfixia en el interior de su pecho. Se aferró a ella, su pequeña mano llena de heridas y laceraciones se cerró en torno a los dedos índice y medio con una fuerza que la mujer apenas pudo sentir. Él vio cómo la sonrisa de su salvadora se acrecentó ligeramente y para cuando se dio cuenta, la desconocida ya lo tenía en brazos y sostenía su cabeza a la altura de su hombro.
La mujer salió de la celda y recorrió el pasillo, ahora cubierto de agujeros de balas, escombros y sangre que escurría de los cadáveres del personal. Caminó con prisa cubriendo la cabeza del niño. Este podía ver a medias cómo todas las otras celdas estaban abiertas y vacías; sentía arcadas al inhalar el denso humo mezclado con olor a pólvora que cubría todo.
—No te preocupes. —La voz de la mujer atrajo su atención—. Los otros niños ya han sido sacados de aquí, si es eso lo que te preocupa —dijo sin detenerse o desviar la mirada.
Sigurd trató de hablar, quería saber a dónde lo llevaba, o si sabía algo de Nieva.
—No hables. —La mujer lo interrumpió sin darle tiempo de abrir siquiera la boca, casi como si le hubiese leído la mente—. Guarda tus fuerzas. —La mujer pareció acelerar ligeramente el paso—. Sé que tienes preguntas, sé que estás asustado, pero ahora lo más importante es sacarte de aquí.
Sigurd se sintió adormecido, cada parte de su agotado y maltrecho cuerpo le pedía a gritos que descansara, pero el miedo a no volver a despertar y el constante dolor le impedían dormir.
—Sé que estás cansado —dijo la mujer, sin cambiar su tono—. Vamos… —Lo arrulló—. Duerme.
Como si de un efecto hipnótico se tratase, el escuchar las palabras de la mujer hizo que Sigurd, por primera vez en todo ese tiempo, se rindiese ante el cansancio. Sus ojos se cerraron con pesadez; su cuerpo se relajó y su mente se dejó caer en la inconsciencia.
Autor: Lorenzo Macchiavello Tudela
Género: Novela
Subgénero: Ciencia ficción
Tamaño: 14.8 x 21
Páginas: 210
Papel: Avena 80 gr.
ISBN: 978-612-4449-35-2
Sello: Torre de Papel
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